En las tumbas se encuentren hojas, bolsitas con hojas, vasijas
con hojas, vasijas en forma de cabeza con una bola de hojas
en la boca, vasijas con cabeza de dioses con coca
.
Nada
de eso con respeto a la papa o la maíz, dos otras plantas
de gran uso en el mundo de las culturas originarias. Es que
la coca es única en el herbario andino. Planta nutritiva
y medicinal a la vez, la coca además de estimular la
sangre y la buena digestión incita también la
agilidad mental. Por estas razones la coca promueve la sociabilidad
y en momentos estelares de la vida la espiritualidad. En nacimientos,
matrimonios y entierros nunca hace falta la hoja de coca.
En la cordillera, donde la vida sigue su rumbo tradicional,
siempre se encuentre un altar donde ofrecer unas hojas a la
Pachamama, la sagrada tierra.
En
Bolivia hay evidencias arqueológicas de la coca desde
el periodo de los imperios Wari Tiwanaku (1500 a C - 500 d
C). Cronistas y visitadores del siglo XVI escriben que los
reinos Aymara del Titicaca tenían cocales en Larecaja,
Chicaloma y demás Yungas de La Paz desde mucho tiempo
atrás, antes de ser conquistado por los Incas. Algunos
de estos pueblos, vencidos por los Incas, mantenían
cocales autónomos del monopolio estatal durante el
incanato.
En
el periodo del imperio Inca (1200 d C - 1500 d C) abundan
los testimonios sobre la particular importancia de la coca,
controlada por el estado como lo eran también el oro
y la plata. Su uso era un privilegio real. Pero un privilegio
ampliamente concedido a diversos grupos, como los chasquis,
los mitimaes, los visitantes, y los guerreros. En épocas
de escasez de alimentos los hambrientos también tenían
derecho a la coca.
Durante
la Colonia el grupo ligado al clero consideró que debía
prohibirse el cultivo y consumo de la "hoja del diablo",
por su relación con prácticas mágico-religiosas
que la doctrina de "extirpación de idolatrías"
quería hacer desaparecer. Pero esta aversión
perdió vigencia al constatarse que la coca podía
ser utilizada en sustitución del alimento por su alto
valor nutritivo y, por lo tanto, ser entregada a la fuerza
de trabajo sometida en las minas y en el campo. Los españoles,
ávidos de riquezas, percibieron que su cultivo y comercialización
podían convertirse en otras fuentes de obtención
de riqueza.
Desde
fines del siglo XVI, muchos españoles tenían
encomiendas de coca en la región de los Yungas de La
Paz y, en el siglo XVII, ya existían numerosas haciendas
en la zona. A pesar de ello, muchos ayllus Yungueños
continuaron poseyendo sus propios cocales e importantes familias
de caciques indígenas, como los Guarachi, contaron,
a su vez, con grandes extensiones a su cultivo. Mientras funcionaban
las minas, y en particular las minas de plata de Potosí,
había gran demanda y grandes negocios.
A
principios del siglo XVIII, junto a las zonas que hasta entonces
habían sido tradicionales cultivadoras de coca, aparecieron
plantaciones en las misiones de Apolobamba, así como
en el valle de Cliza (Cochabamba) y, un poco después,
en los Yungas del Espíritu Santo, que se encontraban
en la entrada del Chapare cochabambino.
A
finales del siglo XIX, Bolivia exportaba cantidades relativamente
largas de la hoja de coca y cantidades más pequeñas
de cocaína a Alemania y EE.UU. Con la Harrison Act
de 1914, que prohibía la importación en el país
del norte, el negocio de la coca disminuyo sensiblemente.
El
resurgimiento del uso de cocaína en EE.UU. y Europa,
la organización del mercado de la coca y la cocaína
en Bolivia durante la dictadura de García Meza y una
masiva migración hacia el Trópico de Cochabamba
por el cierre de las minas de estaño y una sequía
en el Altiplano, consolidaron el auge de la coca en la década
de los años 80.
Desde
entonces y bajo presión de los EE.UU. los sucesivos
gobiernos se esforzaron en erradicar la hoja 'excedentaria',
la que según sus cálculos no era utilizada para
el uso tradicional de masticación. La brutal represión
y persecución por las fuerzas armadas, sobre todo en
el Trópico de Cochabamba, tuvo un efecto contrario,
provocando la resistencia, pacifica pero decidida, de los
agricultores. Nació el movimiento cocalero, en defensa
de la hoja de coca y las culturas originarias que la veneran.
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